En menos de 72 horas, hubo un suicidio y dos casos graves de autolesión con las mismas intenciones solo en San Vicente. Los hechos suman a una estadística muy dolorosa durante el 2025 en toda la región.
Los últimos días del 2025 no solo marcó el cierre de un calendario, sino un año particularmente cruel en una cuestión que duele en silencio: la salud mental y los suicidios en la región. El 30 de diciembre, un hombre de 29 años se quitó la vida ahorcándose en un camping. Su muerte, sin embargo, no fue un hecho aislado, sino el punto más oscuro de una serie de intentos y muertes que han llenado de luto y preocupación en todo el Alto Uruguay.
Pero incluso en ese día de dolor extremo, hubo un destello de esperanza que evitó otra tragedia. Horas antes de que se conociera la noticia fatal, una pronta acción de familiares y autoridades lograron intervenir a tiempo en otro caso.
Esa misma tarde un hombre de 29 años se ausentó de su casa en el Barrio Valentín Velazquez de San Vicente. La alarma la dio su propio padre, luego de que el joven enviara audios por WhatsApp a su expareja manifestando su intención de suicidarse. Un operativo policial lo localizó en el Jardín Botánico del Barrio 200 Viviendas. Allí fue hallado con una soga blanca de ocho metros. Gracias a la rápida acción, pudo ser asistido. El informe médico policial consignó que se encontraba "lúcido" y sin lesiones físicas, pero el daño emocional era evidente. Fue entregado a la custodia de su padre y se le pactó un turno urgente con un especialista en el hospital SAMIC. Su vida se salvó en el último minuto, pero su grito de auxilio quedó flotando en el aire cargado de fin de año.
La tregua, lamentablemente, fue breve. El año nuevo apenas comenzaba cuando otra llamada de auxilio, esta vez expresada de la manera más dramática y violenta, estalló el 2 de enero.
Cerca de las 19, ingresó al Hospital SAMIC de San Vicente Bruno Emanuel O. (23), proveniente del Barrio Trinidad. Su estado era de lucidez, pero se mostraba poco colaborador. La razón del ingreso era estremecedora: una herida de arma de fuego en la ingle, que requería una evaluación compleja. Su padre, Bruno O. (65), relató que su hijo lo había visitado esa tarde y luego se había ausentado sin aviso. La búsqueda lo ubicó en un kiosco, donde la dueña del comercio escuchó un ruido en el baño. Al ingresar, encontró al joven con una pistola de fabricación casera en la mano, ya lesionado. Fue ella quien, presa del pánico, lo trasladó de inmediato al centro de salud. La policía secuestró el arma, entregada por el propio padre, un objeto crudo que simbolizaba una desesperación indescriptible.
La gravedad de las lesiones obligó a una derivación de urgencia. En la mañana de hoy 3 de enero, Bruno fue trasladado al Hospital Ramón Madariaga de Posadas para ser sometido a una intervención quirúrgica. Su pronóstico se evalúa ahora entre paredes de quirófano, mientras su familia aguarda, destrozada, una noticia que va más allá de lo físico.
Estos casos, separados por apenas tres días, no son cifras frías en un parte policial. Son historias de un sufrimiento profundo que llegó a su límite. Son padres recibiendo audios de despedida, comerciantes convirtiéndose en ángeles guardianes por casualidad, y jóvenes que, en su tormento interno, eligen caminos de autodestrucción física inimaginable.
El suicidio consumado del 30 de diciembre y los dos intentos graves pintan un cuadro alarmante para el comienzo del 2026. Ponen en manifiesto una urgencia silenciosa: la necesidad de reforzar, como prioridad comunitaria, las redes de contención psicológica, la accesibilidad a la salud mental y la difusión de líneas de ayuda. La pregunta que queda flotando, tan pesada como el ambiente en estas jornadas, es cómo construir más barreras sociales contra la desesperación, para que el próximo grito de auxilio encuentre, siempre, una respuesta a tiempo. La vida de Ramón, salvada en el jardín botánico, y la de Bruno, que lucha en un hospital de Posadas, son un recordatorio urgente de que esta batalla no puede esperar.

